Entre la soledad y la esperanza del Viernes Santo

 

                                                                                                                                       Ángel Medina.

Celebramos en marzo la Semana Santa. Para unos días feriados y para otros de contemplación. Tres son los días claves que se constituyen en el centro neurálgico de la Pasión. Jueves de entrega. Viernes de dolor y Sábado de Vida. Para entregar la vida hay que amar mucho. Para amar hay que sufrir. Para alcanzar la vida es necesario pasar por la muerte.

La Pasión es la entrega voluntaria del que entrega su vida por lo que trae al mundo, hasta el punto de dejarse matar. Por eso, la reflexión se sitúa en la zona intermedia: el Viernes Santo. Día de suplicio y partida, que se convierte en una ausencia presente para el creyente.

Hablar de crucifixión es recordar el sufrimiento. Un tormento extremo ideado por los persas, que se extendió por diversos pueblos del Mediterráneo y que Roma hizo suya, aplicándola a los esclavos y criminales.

Los evangelios dicen que Jesús sudó sangre en Getsemaní, algo que la medicina conoce como hematidrosis, lo cual es posible cuando los vasos capilares de las glándulas sudoríparas llegan a romperse, y que puede ocurrir si existe un elevado porcentaje de sufrimientos psicológico. La proximidad de la muerte violenta y la traición posterior de uno de los suyos fue el comienzo de los dolores. Un dolor refinado y cruel.

Lo había apostado todo a una sola carta, por lo que tenía que saber cuál era el proceso al que iba a ser entregado.

Como paso previo a la ejecución el reo era azotado con el flagelum, un látigo de mango corto y varias colas que terminaban en bolas de plomo, y que causaba daños terribles desgarrando espalda, nalgas y piernas, dejando al descubierto músculos y tendones, lo cual ocasionaba una gran pérdida de sangre, hasta el punto de llegar a producir el desmayo. Luego, en su caso particular le fue incrustada en sus sienes una corona de punzantes espinos, con la doble función de causarle mayor dolor y humillarle, al haber sido denominado como el rey de los judíos. El condenado, agotado por la brutal paliza era forzado a portar el travesaño horizontal del madero, una tabla que pesaba casi treinta kilos, obligándosele a recorrer una distancia aproximada de dos kilómetros hasta llegar a la cumbre del Gólgota, situado a las afueras de la ciudad, debiendo soportar las burlas, los escupitinajos y las piedras que le arrojaban los que contemplaban el espectáculo a lo largo del camino. Al llegar, el aspecto del hombre era, como lo había descrito Pilatos, el de un hecce homo.

Entonces, completamente desnudo— en las representaciones se ocultan las zonas púdicas con un taparrabos— era tendido sobre los dos travesaños del leño. En uno era clavado, atravesando sus muñecas unos clavos puntiagudos que medían entre trece y dieciocho centímetros, destrozándole el nervio mediano. Los maderos eran juntados, configurándose la cruz. En el que era más largo le traspasaban sus pies, disponiendo la parte inferior de un sedile o tablilla para que pudiese apoyarlos, prologándose así la agonía. Finalmente era levantada, hundiendo el tablón vertical en un boquete que previamente había sido excavado en el suelo.

Al pender el cuerpo en postura vertical el peso tendía a desplazarse hacia abajo, con la constante sensación de desgarrarse las axilas, cada vez más conforme transcurría el tiempo— quien quiera hacerse una idea somera le bastará colgarse a una barra sin poder tocar el suelo—, haciéndose necesario forzar todos los músculos de la espalda para conseguir respirar. En esta postura dolorosa el condenado acabará muriendo por asfixia al empujar sus órganos internos los pulmones, produciéndose finalmente un fallo cardiaco. Cuando se va acercando el momento, el ritmo del corazón empieza a enlentecer y el dióxido de carbono de la sangre se va diluyendo como ácido carbónico, lo que acarreará un aumento de la acidez, transformándose el pulso en irregular.

Es palpable que el ajusticiado lo percibía, entendiendo que se aproximaba el momento de la muerte. A la hora nona, tras tres horas de tormento, expiró.

Si hubiésemos de hacer una autopsia al cuerpo exangüe del condenado, posiblemente habría que concluir en que se trató de una agonía lenta y que mantuvo la consciencia hasta el último instante. La causa inmediata de la muerte fue una hipovolemia por la sangre derramada y la deficiencia respiratoria por la falta de movilidad, las graves lesiones de los músculos intercostales y la insuficiencia cardiaca.

Hasta aquí el proceso de la ejecución. Pero, no sólo fueron tormentos físicos los que tuvo que soportar aquel hombre condenado de manera ilegal e injusta, sino también anímicos.

Desde lo alto del patíbulo la mirada se derramaba a su alrededor. Allí se encontraban la soldadesca que se mofaba de él, aquellos que excusó diciendo que no sabían lo que hacían, y el discípulo preferido junto a las mujeres. ¿Dónde estaban todos aquellos que le habían vitoreado el día anterior? ¿Dónde sus seguidores? ¿Dónde los apóstoles? No estaban. Se habían dispersado como ovejas a las que hieren su pastor.

Entonces, al daño corporal hubo de añadirse el dolor psíquico. El alma también duele. La incomprensión bien pudo instalarse en su cabeza. Porque, ¿cuál fue su crimen? Bien podríamos preguntarnos hoy qué trajo realmente al mundo. Un mundo plagado de pequeñas y grandes guerras, injusticias, violación de los derechos humanos, sometimiento del hombre por el hombre, en el que los Lázaros y los Epulones se multiplican. Y, sin embargo, trajo algo que para la miopía social puede parecer poco y para la sabiduría mucho.

Sencillamente, reveló al mundo el verdadero rostro de Dios, más allá del poder teocrático y de la comprensión humana, haciendo entender al hombre el camino para ser auténticamente hombre aquí, respondiendo a su ansia de eternidad del mañana. Más allá de la culpa, la posibilidad de poder contemplar el Misterio. El clamor de Israel que grita en el Salmo 27: “Muéstranos tu Rostro” había sido atendido. Es la cercanía entre el cielo y la tierra. El hombre no es una pasión inútil.

Ni siquiera sus más enconados enemigos negaron los prodigios que hizo para acreditarse ante el mundo, aunque lo atribuyesen al poder del Maligno. Pasó haciendo el bien y sin embargo agonizaba entre dos malhechores. ¿Qué había hecho para merecer tan infame muerte? Ni siquiera Dimas, el ladrón colocado a su derecha podía entenderlo cuando hablaba con Gestas.

Exangüe y a punto de morir sintió morderle el sentimiento humano de saberse incomprendido. Todos le han abandonado, y ahora, cuando va entrando en él el desgarro de tener que entregar lo que queda de su existencia, cuando es el momento en que se le arrebata al hombre su “yo” más íntimo, siente que Aquel por el que lo ha dado todo, tampoco está allí.  Por eso, destrozado su equilibrio anímico, grita aquello de “Eli, Eli, lema sabactani”, que significa “¿Por qué me has abandonado?”

Mas, ¿puede acaso sufrir lo que es divino? Ciertamente, no. En el Crucificado, que posee la naturaleza humana y la divina, si bien la que sufre es la humana, la divina compadece en su persona el rechazo del mundo, de manera parecida a cómo el eco se identifica con la voz y lo comparte en la intimidad del silencio.

Al punto, sabiendo próximo el fin, sacando fuerzas de la flaqueza transforma el grito de desesperación en grito de esperanza: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. La cruz en la que muere se transforma en elemento de vida al poner su confianza en las manos del Padre.

El hombre se asemeja al gusano que se arrastra `por la tierra, se envuelve en el capullo de la muerte y sale de él convertido en crisálida.

(1 Cor 15)” Si resucitó, nosotros resucitaremos con Él”.

 

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