Portacio. Un caso para pensar  (Crónica)
Por Esteban Herrera Iranzo
A mediados de los años cincuenta, durante el gobierno del General Rojas Pinilla, yo iniciaba mi elemental en la Catorce para varones, una escuela oficial de mi barrio que tenía como director al profesor Portacio, un hombre alto y flaco que dictaba clases en el tercer año, y cuyo proceder había despertado tal curiosidad en los alumnos que no había momento ni lugar en el plantel en que no se estuviera hablando de él. Aun cuando unos lo tildaban de loco y otros de caprichoso, eran muchos los que coincidían en que era la simpatía que él sentía por el máximo jefe de gobierno, la que lo llevaba a actuar de la manera en que lo hacía. En efecto, por las mañanas, unos tres minutos antes de las ocho, hora en que debía empezar la jornada de clases del día, él hacía sonar un pito que cargaba en el bolsillo del pantalón, para que el alumnado estuviera pendiente de que, Manotas, que era el profesor con quién mayor amistad tenía, pronto iba a tocar la campana. Una vez este lo hacía, él tomaba el mando de lo que parecía más bien un orden cerrado de una unidad militar: “Foormaaar”, gritaba con una voz muy aguda, que se oía en todos los rincones de la escuela. Los alumnos conformábamos entonces una fila larga, casi hasta el final del patio, y él proseguía: “A la izquier…”. “A la derech…” “Media vuel…” De frente: Maaarrr. Una vez echábamos a marchar, se colocaba detrás de nosotros y nos marcaba el paso con su voz de flauta: “Cher, dos, tres, cuatro”. “Cher dos, tres,” Y si veía que estábamos haciendo las cosas como a él le gustaba, nos gritaba con un regocijo inmenso: “Si mi general estuviera viéndolos, se sentiría orgulloso de ustedes”.
Muchas veces, estando la escuela en clases, él irrumpía en cualquier aula, y, sin tener en cuenta la presencia del profesor o la maestra, ponía a los alumnos a practicar un canto muy escuchado en las fuerzas militares, que, según él, debía hacerse cada vez mejor: “Mambrú se fue a la guerra, que dolor, que dolor, que pena. Mambrú se fue…”
No había día, además, en que estando él en el aula con sus alumnos del tercer año, no interrumpiera la clase para arremeter contra la prensa por las publicaciones que esta hacia sobre los supuestos desaciertos del general. “Lacayos del bipartidismo” -, gritaba a todo pulmón -. “Como mi general no habrá otro presidente en Colombia”.
Cierto día, hallándose él, tiza en mano, frente al pizarrón, explicándoles una clase a aquellos, entró al aula una piedra que fue a dar contra su escritorio. Para entonces no era nada raro en el barrio, el que un muchacho callejero pasara por una casa, agarrara una piedra y la lanzara contra la puerta o contra el tejado de ella, y echara a correr hasta perderse, o que bien hiciera lo mismo contra el portón de entrada de nuestra escuela, que era de zinc, para que el sonido metálico que este producía al recibir el golpe, sobresaltara los nervios de cuantos habíamos en ella.
Portacio, al escuchar el ruido, miró hacia el escritorio, y, al ver que a un lado, en el suelo, se hallaba la piedra, echó a correr hasta la puerta, se detuvo en ella y miró hacia uno y otro lugar del patio, y, al ver que todo parecía en calma, tiró al piso la tiza y, ante la mirada perpleja de los alumnos, salió a toda carrera hasta una pared de mediana altura, limítrofe con la cincuenta y siete, una calle que separaba a la escuela de lo que era entonces un monte inmenso conocido como “La Remonta”, al que los alumnos de los diferentes planteles educativos del sector, habían tomado como el lugar predilecto para “echarse la leva”; llevó las manos al borde superior de ella, estiró su cuerpo y asomó la cara por encima, y echó a gritar: ¡Bandoleros! ¡Bandoleros!, haciendo que profesores y alumnos de todo el plantel, dejaran sus aulas para irse al patio a ver qué era lo que estaba sucediendo. Más, él, que parecía ajeno a todo, trepó aquella de un salto y se arrojó a la calle.
Fueron unos minutos de tensión, en los que solo se oían sus gritos: ¡Bandoleros, entréguense bandoleros!
Una media hora después entró por el portón de la escuela, con una honda en la mano y sujetando por el brazo a un muchachito de unos once años, de camisa clara, manga corta, pantalones Kaki, y unas botas Croydon, marrones, algo deterioradas por el uso, que traía guindado del hombro un bolso de tela, de textura y color parecidos a los de los Blue jean, -- de aquellos que los estudiantes pobres utilizaban entonces para portar sus útiles.
- ¡Logré dar captura a este! ¡Los otros se dieron a la fuga! -, dijo con una voz entrecortada y un rostro desencajado por el agotamiento, a profesores y alumnos que salimos a su encuentro.
Miró luego al niño -. ¡Ahora va a saber usted lo que es el peso de la ley! ¡Aquí tengo la prueba! – le gritó mientras le enseñaba la honda que traía en la mano. Este, que había permanecido mudo, al oírlo echó a llorar - ¡Pero si yo no he hecho nada! ¡Suélteme, que yo no he hecho nada!, en tanto que, con unos movimientos desesperados, intentaba soltársele. Pero él, inflexible, lo llevó a empujones a la oficina de la Dirección, echó llave a la puerta, y allí lo mantuvo encerrado durante un rato, al cabo del cual aquel abrió una ventana lateral que daba una vista al corredor central, y confesó llorando, que “era estudiante de la Número Once”, otra escuela Oficial, que se hallaba a unas cuantas cuadras de la nuestra. “Que ese día se había escapado de ella con unos compañeros para irse a la Remonta a cazar pájaros y lobos polleros, pero que no sabía si alguno de ellos había disparado su honda contra el plantel”. Portacio abrió entonces la puerta - ¡Quiero hablar con el director de su escuela! -, le gritó, en tanto lo volvía a agarrar por el brazo para hacerlo caminar con él.
Dos meses habrían pasado, cuando, una mañana, estando nosotros en el patio, a unos dos o tres minutos del toque de la campana, Portacio apareció en el corredor central con un caminado lento y el rostro y la mirada clavados en el suelo. Traía en la mano un periódico enrollado, cuyas hojas yacían tan arrugadas que daban la impresión de querer romperse. Ese día no hizo sonar el pito, y, cuando Manotas tocó la campana, no ordenó al estudiantado alinear, sino que se fue con sus alumnos al aula, tomó asiento en el escritorio, y, allí, ante la mirada de ellos, desenrolló el periódico y ojeó una y otra vez sus maltratadas páginas, y, al cabo de un rato, se puso de pies – ¡Prepárense! -, les gritó con una voz que más rabia no podía mostrar -, “porque a este país se lo va a llevar el carajo, y serán ustedes, como hombres del mañana, quienes habrán de volverlo por el camino del bien”. No habló más ni dictó clases ese día, sino que se fue temprano, según dijo a estos porque tenía una diligencia urgente que hacer.
Horas después, hallándonos de recreo, oímos unos gritos que venían de la cincuenta y siete, y enseguida, una humarada, que partía de ella, comenzó a invadir la escuela, ocasionándonos tal confusión que echamos a correr hacia uno y otro lugar, pegando gritos de pánico.
El Tin Tan de la campana se oyó entonces, seguido de unos gritos de desespero – “Corran a las aulas por sus libros y váyanse a casa hasta nueva orden” -. Era Manotas que, poseído de un nerviosismo que lo hacía temblar de pies a cabeza, se hallaba frente a ella.
Al salir de la escuela, todos caminamos hacia la cincuenta y siete, unos porque obligatoriamente debían tomarla para llegar a sus casas, y otros, como en mi caso, por saber qué era lo que estaba pasando.
Al llegar, vimos que la calle se hallaba bloqueada por unas llantas de camión encendidas, que iban de acera a acera. Frente a ellas, quizás a unos seis metros, una gran muchedumbre rodeaba a un bus de “Lucero San Felipe”, una línea de transporte público cuya ruta comprendía entonces esa vía.
Dos hombres descendieron del automotor con el conductor agarrado por los brazos, y lo llevaron hasta una de las aceras, y, mientras los pasajeros, presos de pavor, abandonaban este a toda carrera, otro hombre, que llevaba en la mano una antorcha encendida, le abrió el capó.
– ¡Cuidado que ese es de Arévalo! -, gritó de pronto alguien que se encontraba en la muchedumbre.
Aquel, al oír las palabras, arrojó la antorcha encima de una de las llantas que se hallaban encendidas, y se perdió del lugar. Y es que Arévalo era un vecino, muy respetado en el barrio, que era dueño de varios buses de esa línea.
Una mujer que había descendido con un niño de brazos y trayendo de la mano a una niña de unos cuatro años, pasó por mi lado: - “Ahora ni juguetes, ni leche pa’ los pelaos, ni un carajo, en las escuelas” -, dijo con una voz y un rostro que mostraban la enorme ira que la poseía.
Una semana después del derrocamiento del general, la escuela volvió a abrir clases. Y, aún recuerdo como si fuera hoy, que ese día Portacio llegó vistiendo un suéter rojo, muy fino, y saludó a profesores y alumnos con una camaradería que nunca antes había mostrado, y, cuando Manotas tocó la campana, y el alumnado hizo filas, no hubo orden cerrado, ni voces de mando, sino que tomó la palabra - “Debemos estar contentos” -, dijo -, “Confieso que yo casi perdía las esperanzas de que este país volviera por los caminos de la democracia”. “Y es que nada peor podía haberle pasado, que caer en manos de una dictadura”. “Nosotros, que acabamos de vivir ese flagelo podemos asegurarlo”.
El profesorado y los alumnos nos miramos las caras, desconcertados. ¿Cómo podía ser, que, alguien, que hacía solo unos días había estado defendiendo al general de lo que él llamaba “las garras asquerosas del bipartidismo”, pudiera ahora hablar en esa forma? – era la pregunta que nos hacíamos. Yo para entonces no conocía el término “pastelero” en su significado despectivo, pero si contaba con la suficiente claridad como para sospechar que el hombre era bueno para bailar en la cuerda floja.
Días más tarde, encontrándome en clases, mi maestra me pidió que fuera a la Oficina de la Dirección por unas tizas de colores con las que iba a dibujar unas flores en el pizarrón, y, al acercarme a esta, escuché las voces de Portacio y Manotas. La impresión que me llevé, por el tono de sus palabras, fue de que hablaban de algo en lo que no estaban de acuerdo; así que no entré, sino que me acerqué cuidadosamente a la ventana lateral, que se hallaba cerrada, y pude escuchar cuando aquel dijo: - Lo que gano como profesor no me sirve de nada. Es con ese contrato que he venido defendiéndome en estos años. Y ellos me habían asegurado que mientras él estuviera en el poder nadie me lo quitaría.
- ¿Y crees que con los liberales podrías conservarlo? – preguntó Manotas.
- Aspiro a más. Y es el momento preciso –, respondió él.
Algunos días después Portacio se declaró abiertamente partidario de Alberto Lleras. - ¡La grandeza de este hombre no tiene comparación! “Haber logrado que Laureano firmara un pacto que pondrá fin a la violencia del país, es una proeza sin precedentes en nuestra historia” –, Solía decir a cuanto profesor, maestra o alumno encontraba a su paso por los corredores del plantel.
Habrían pasado unos dos meses de la posesión de Alberto Lleras como presidente de la república del primer periodo del Frente Nacional (1958 – 1962), cuando Portacio se despidió de la escuela, según dijo a profesores y alumnos, para dedicarse a unos negocios personales. Desde entonces no se le volvió a ver por ella.
No obstante, para las campañas electorales del segundo periodo presidencial (1962 - 1966), que, en cumplimiento del pacto, correspondía a los conservadores, mi padre me pidió que lo acompañara a una diligencia en el centro de la ciudad. Así que llegamos a una casa viejona que había a unas dos cuadras del histórico Paseo Bolívar, en la que funcionaba un comando político de Guillermo León Valencia. Y quién lo creyera, quien salió a recibirnos, vistiendo una camisa azul, fue Portacio. Recuerdo que le dijo a mi padre que se había vinculado a la campaña porque “León Valencia es el único conservador en quien Colombia puede confiar”. Y, como si fuera poco, le habló de la vida y obra del candidato, con tal dominio del tema, que creo que mi padre, que era un conservador “hasta la cacha”, y estudioso de la política del país, ignoraba.
Al ganar la presidencia León Valencia, Portacio siguió “administrando sus negocios personales”.
Para las campañas electorales del tercer periodo (1966 – 1970), un vecino de mi barrio, que desde hacía años venia intentando engancharse en un trabajo “de lo que fuera”, sin haber tenido suerte, decidió ceder la sala de su casa a un líder político, para que este instalara un comando de Carlos Lleras, a cambio de que lo ayudara a conseguir uno. Yo para entonces, aun cuando era apenas un estudiante de bachillerato, había decidido vincularme como ayudante a una de las campañas presidenciales. De esta manera, me decía, podía ir labrándome un camino que me llevara hacia un mejor futuro. Pensaba, sin embargo, que para ello necesitaba de alguien que me orientara, que me dijera qué candidato podía ser el mejor para llevar las riendas del país. Así que me dirigí al comando con la intensión de hablar con el líder. Y cuál sería mi sorpresa al encontrar a Portacio sentado en un escritorio que había al final de la sala.
Me atendió muy bien, me preguntó por mis padres, mis hermanos, estudios..., y me felicitó, desde luego, por haber tomado la decisión de participar en la política del país.
Aun cuando yo no creía en la sinceridad de sus palabras, precisamente por el concepto que de él me había venido formando, me dije que no estaba de más conocer su concepto respecto de la inquietud que yo llevaba en mente. Así que le pregunté que, cuál de los candidatos creía él, podía ser el indicado para gobernar el país.
Y aún recuerdo sus palabras: Bueno, pero, ¿qué puede importarte eso?, si en el Frente Nacional las cartas presidenciales están echadas: Cuatro años para un Lleras y cuatro para un conservador.
No sabría yo decir qué tan reales pudieron haber sido sus palabras, pero lo cierto es que días más tarde, él y yo brincábamos abrazados por el triunfo del doctor Lleras.
Pero ahí no terminan las cosas. Para las elecciones presidenciales del último periodo (1970 -1974), Portacio fue a buscarme a casa. – Alístate, Esteban, que en estas nos vamos con mi general Rojas.
- Pero, Profesor -, le dije -, usted en las elecciones pasadas me dijo que en el Frente Nacional dos periodos eran para los Lleras y dos para los conservadores.
- Y así es. Mi general ha sido siempre un gran conservador -, me respondió.
Lo cierto es que no le quedó difícil convencerme, pues en mi mente yacían aún la leche Sendas, las mogollas, los bellos juguetes de navidad, y demás con los que el general Rojas había logrado ganarse la simpatía de los estudiantes pobres del país. Así que me fui con él hacia su nuevo comando electoral, y me vinculé activamente al trabajo de campaña. Allí, motivado por las constantes alabanzas que él hacía del general, no muy ajenas, por cierto, a las de los años cincuenta en la escuela 14, y por una propaganda radial que anunciaba cada media hora “colombiano, recuerda que cuando Rojas Pinilla vivías mejor”, trabajé hasta el 19 de abril.
Aún recuerdo, que, ese día, siendo más o menos las once de la noche, Portacio y yo brincábamos abrazados en el comando, festejando el triunfo del General. Y, solo dos días después, nos volvíamos a abrazar para llorar. – Nos robaron las elecciones -, me decía una y otra vez con una voz enronquecida por el dolor.
Y él no era el único que pensaba así, pues en todos los rincones del país hubo gente que sostenía lo mismo: que las elecciones habían sido un fraude.
No soy, desde luego, quien pudiera afirmar que así haya sido, más sospecho que algo raro sucedió, pues se me hace imposible aceptar que el ojo que poseía Portacio para sus sabaleadas, hubiera podido fallar esa vez.
FIN

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