Por el costado que antes lindaba con lo de  Filipote,  comenzaba la granja del pueblo, que se extendía durante no sé cuántos cantíos de gallos.

A todo el que era propietario de fincas mayores de cinco caballerías, se las habían intervenido. El ancestral equilibrio se iba alterando por doquiera.  Los linderos caían como filas de soldados indefensos. Viejos marañones, ensangrentados almácigos, arboledas enormes. Todo era aplastado brutalmente por los buldóceres como en una bacanal, y los interventores, muchos de los cuales no tenían idea de lo que significaba un pedazo de tierra, se veían risueños en sus faenas renovadoras.

Como Filipote, casi todos los despojados no quisieron verse a sí mismos en la nueva vida y escaparon hacia el norte.

Todo el que vivía por aquella zona cercana al pueblo de Bermejas, en las extensas y fértiles tierras rojas, era dueño de al menos una parcela, o arrendaba algún sembradío en usufructo. La mayor parte dormía en bateyes familiares.

En mi mente habían quedado aquellas tardes rosadas y limpias del verano, sobre el fondo verde y rojo de las tierras aradas, guardarrayas, arboledas y cañaverales, por donde siempre alguien iba cantando a todo pecho, algún muchacho jugaba a los escondidos, o alguna señora visitaba a su comadre antes de oscurecer.

Ahora la coronela, con su pedazo de apenas una caballería a un costado del camino real, iba quedando desguarnecida en los contornos, dentro del círculo amenazante de las propiedades del Estado. Su marido había muerto de cáncer en la garganta dos años antes, y su única hija vivió en Camagüey con el marido durante unos meses, antes de emigrar definitivamente.

Así de sola, recibía el latigazo del camino real por el costado más doloroso, frente al portal, a un cordel escaso.

Era un rancho de madera con techo de hojas de palma cana y yaguas.  Un cuadrado con una sola división dejando a un lado cocina y comedor, y por el otro el cuarto con sus baúles centenarios. El piso del portal era de losas floreadas de gris y amarillo. Por allí mismo entraban las visitas después de raspar las suelas en la hoja de machete del limpia pies y restregarlas contra la esterilla de saco tendida sobre las primeras losas.

En los buenos tiempos, cuando se le extraviaba una gallina, al rato alguna vecina, o Filipote, se la regresaban con un “no hay de qué”, o, “estamos para servirnos”. Ahora no regresaban. La nueva gente no tenía esos modales de la honradez y todo lo que les caía en mano iba a parar al caldero. Desde entonces no lograba madurar un racimo de plátano, ni recoger un mango pintico de tan maduro cuando las ventoleras los desprendían.

Todo iba desapareciendo y una tristeza desconocida, con un odio lento y temerario iba tomándole el corazón poco a poco.

Durante las zafras, como fueron desapareciendo los campesinos, llegaban los batallones de reclutas y voluntarios descoloridos, con sus manos de mujer para cortar la caña, dejando los troncos a la rodilla por un lado  y otra buena porción desperdiciada en el cogollo, con lo que al central llegaba más paja que guarapo.

Por esa época venían a obligarla con contratos para que sembrara tanto de caña y tanto de otras viandas, de lo que tenía que venderle al Estado las tres cuartas partes a precios ridículos. De tal forma, miraba a la finca como a su marido cuando el cáncer se lo iba comiendo.

Las cosechas se hicieron magras, los cañaverales repletos de bejuquillos con pica-pica. Las vacas no querían parir y daban una leche corta y azulosa que aflojaba las tripas. El pajarerío que levantaba a la gente antes de salir el sol y que hacía nidos en los linderos, había desaparecido para siempre.

Entonces la coronela hizo un corral con tablas de palma al otro lado de la casa y se dedicó a criar cerdos. Al principio eran dos puercas madres y un verraco.

En menos de un año más de una veintena de animales de todo tamaño y colorido, correteaban  cazando el palmiche que goteaba desde las palmas reales que sombreaban el área.

Se dedicó en cuerpo y alma a su cría, como si la pariera ella misma, y cuando vendía algún cerdo a escondidas del gobierno, lo veía irse pataleando en la alforja mientras se le mojaba el rostro con las lágrimas y se mordía los labios.

Como a la gente mal educada no le daba una sed de agua y se puso hosca y escasa a las miradas, la empezaron a llamar La Coronela. Apenas amaneciendo, se sentaba al borde del portal con media palangana de maíz desgranado y a medio kilómetro se escuchaba su hombruno pito-pito y pi-pi, y las gallinas con sus descendencias se desmelenaban después de caer de los gajos del ciruelo donde pasaban la noche, para rodearle los zapatos de cuero sin curtir. Más tarde agarraba el cubo de seis litros e iba hacia la marchita ubre de Carlota, que con el ternero ya añojo, se estaba descomponiendo en busca de la próxima preñez.

Muchas veces enyugaba sus bueyes, más viejos que el camino, para aporcar el boniatal de los puercos; o surcaba la peor faja para caña, que ya no le daba otra cosa que dolores de cabeza. Otras, se echaba la guataca al hombro hasta el maizal, o se iba a chapear el lindero para que se viera el contraste con las mal atendidas tierras del Estado.

De todas partes vino gente a comprarle cerdos, sobre todo a mediados de diciembre, y por ello tuvo aquella discusión  con el de la agricultura, quien vino a exigirle veinte puercos para las fiestas del primero de enero y que si no cumplía, iba a perder la finca o caer presa por venderlos a particulares a sobreprecio.

Al principio le dijo al funcionario que a ella no había quien le ordenara qué hacer con lo suyo, y que si se decidía a venderle algunos, serían los que a ella le diera la real gana.  Como el otro insistía, terminó amasando insistentemente el cabo del machete que le colgaba de la cintura y la respiración se le aciclonó. El hombre tomó distancia sin perderla de vista y le dijo mientras  montaba el caballo.

—¡Esto no se queda así! Qué se habrá creído.

No pasaron dos semanas y llegó un jeep con alguien vestido de verde y otros dos jóvenes con carpetas debajo del brazo. Como llegaron saludando y no pasaron del limpia pies, aquello de la educación hereditaria se le vino a los labios.

—Pasen y siéntense. Ustedes dirán.

Y allí, de sopetón, le dijeron que una epidemia de fiebre porcina venía matando a los puercos por miles desde el sur de La Habana y que se declaraba una emergencia sanitaria, que entre otras cosas, se había dispuesto censar todos los animales de las provincias cercanas y tenerlos controlados por si llegaban nuevas orientaciones.

Ella no quiso creer aquello, a pesar de que le enseñaron unos papeles que no supo leer. Pero de todas formas los llevó al corral donde los animales refrescaban del sol bajo la sombra de las palmas. Entre uno y otros sumaron cerca de un centenar, todos hermosos y despabilados. Después de celebrárselos y anotar números y fechas, se fueron. Pero ya no pudo vivir tranquila. Aquella cría era su asidero a la vida, cuando no le quedaba mucho por andar ni ver en aquellos tiempos de consunción.

Esa tarde Fermín, otro campesino que como ella se aferraba a lo suyo al otro lado de la granja, llegó a galope tendido y sin detener la bestia, se lanzó a tierra a punto de matarse contra le ciruelo.

—Óigame, comadre, la desgracia no acaba. Esto es un castigo de Dios por todo lo que pasa en este país, donde ni a los santos se respetan; contra menos al hombre.

—Qué gravedad le trae, Fermín; que si no, no le vemos la cara, porque ya ni los amigos se conocen.

—Mire, es que yo no quiero atravesar esos infiernos para llegar aquí; pero ahora sí tuve que avisarle. Van a recoger todos los puercos; ni uno va a quedar. Dicen que la enfermedad se contagia hasta por los huesos. Lo que han hecho en La Habana es criminal. Los matan por cientos de miles y después los queman en grandes fosos, lo mismo particulares que del gobierno.

—Eso lo han traído ellos mismos con su maldad.

— ¿Y qué vamos a hacer si no nos dejaran ni un puerco?

—Allá usted. A mí me tienen que matar. Esos animalitos no pueden estar más sanos y no les voy a dar el gusto de que me los quiten porque les venga en gana.

—Pero dicen que es obligado.

Ella iba hacia la hoja del machete como si el pobre Fermín tuviera que ver con el asunto.

—¡Oiga, que no es conmigo! Yo estoy peor que usted, porque tengo una docena de bocas que alimentar y los puercos es lo único que me da algún dinero, además de la carne y la grasa.

No pasaron diez días y con el amanecer llegó un camión verde olivo con un par de milicianos armados y tres civiles. Estos últimos se acercaron al portal y tocaron a la puerta. A mucho insistir salió la coronela con su camisa de caqui por fuera, los pantalones de mezclilla anchos y remendados sobre los zapatos a medio acordonar. El moño canoso coronándole la cabeza erguida era sujetado por una gran presilla negra.

—¿Qué se les ofrece?_ Su voz era baja y fuerte como una amenaza de terremoto, su vista engatillada hacia el piso y la mano derecha acotejando el cinto de cuero de res del que colgaba la hoja en su vaina con remaches de cobre.

—Ya usted habrá oído de la desgracia de los cerdos y de las medidas que estamos obligados a tomar.

—Sí, yo sé de muchas desgracias que se nos han venido encima de un tiempo a esta parte._ Ellos, haciéndose los desentendidos, la miraban de hito en hito.

—¿Y entonces?_ Volvió a decir.

—Que tenemos órdenes de recoger todos los animales para sacrificarlos en una fosa común al otro lado del pueblo. Aquí está el censo de la otra vez y queremos que usted firme la entrega.

—Miren, si lo van a hacer de todas formas…además de que no sé firmar; ni jamás lo iba a hacer si supiera.

—Óigame, son orientaciones que hay que cumplir. Mire, esta enfermedad…

—Por favor, no quiero teques de compañeros ni consignas en esta casa, que es lo único donde todavía mando yo. Pero óiganme bien, si se  van a llevar a esos animalitos al matadero por sus pantalones, yo por los míos, no permito que salga uno con vida de aquí, para quién sabe qué, o para qué tragón.

—¡Qué dice! Debe estar loca.

Los milicianos, que hasta entonces estuvieron al lado del camión, se acercaron carraspeando para ser advertidos.

— ¡Óiganme ustedes, a mí no me asustan con esa ropita verde ni esos revólveres!

Y diciendo esto entró en la casa, dejándolos en el portal con la boca abierta.

A poco oyeron un portazo por el fondo, y en menos de lo que canta un gallo la chillería que llegaba desde el corral los hizo correr hacia allá.

Lo que vieron los hizo detenerse por unos segundos, como si ya no hubiera tiempo en el cual ejecutar una acción diferente a aquella que los pasmaba.

La mujer, ahora con el pelo suelto que le escondía el rostro fiero y salpicado de espumarajos, corría por todas partes con un hacha de monte en las manos, con cuyo lomo descargaba certeros golpes sobre las cabezas de los animales, que con agudos chillidos iban cayendo fulminados, convulsionando y sangrando por el cogote. Danzaba como una loca aquí y allá, sin cejar. Y cuando con un sexto sentido percibió aquellos seres que ya corrían atajándola, sin dejar su trabajo macabro, les gritó entre resoplidos y rachas de llanto atragantado.

— ¡Al que me llegue a la mano, le parto la mollera peor que a un puerco, coño!

Y los instantes de vacilación fueron suficientes para que el hacha cayera de sus manos detrás del último lechón.

Ahora se palmeaba una mano contra la otra, tratando de avanzar hacia el lado opuesto del corral, para  vacilar un tanto y finalmente caer a todo lo largo del hacha y del cuerpecillo aún vibrante del último de los lechones.

 

 

Pastor Aguiar

 

 

 

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Respuestas a esta discusión

Pastor, qué extraordinario relato nos compartes. Maestría de escritor para dejar constancia de un verdadero testimonio histórico. Una Coronela que es persona y símbolo. Ah, cuántas Coronelas se habrán dado, cuantos Filipotes dejaron atrás todo. Ycuánto significado cobra aquí esa palabra: todo.   

Ojalá y en tu mente se queden aún... "aquellas tardes rosadas y limpias del verano..."

Y que tengas vida para ver nuevos horizontes..."sobre el fondo rojo y verde de las tierras aradas..."   

Un emocionado abrazo.

Los cuentos de Pastor siempre son impresionantes, adentrándose en realidades desconocidas.

Muchas gracias, Javier. Conocí de cuerpo presente, o por referencias, a un gran número de "coronelas" y "coroneles". Algunos llegaron a la rebelión armada por aquellas décadas primeras. Yo vi y disfruté las fincas, las arboledas, me gasté las sentaderas sobre lomos de caballos y hasta de cabras y cabrones, ja ja ja...cabrones como yo que hacíamos de caballos por turnos, je je. Aquello fue desapareciendo, las arboledas buldoceadas para lograr grandes extensiones que después quedaron yermas, pues no quedó mano de obra por allí...en fin, en mi memoria trato de salvar lo que puedo, de re-soñarlo. Ah, si uno fuera mago, especie de Dios que pudiera sacar todo aquello a la luz del son desde el hueco de un sombrero. Abrazos, amigo.

Gracias, Creatividad, por dejarme ese estímulo. Abrazos.

Es un cuento de una gran fuerza, que me ha impresionado por su capacidad de presentarnos un drama que nos quedará en la mente.

Muchas gracias, Walter, por dejarme saber. Agradecido abrazo, amigo.

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