Al otro lado de la arboleda siempre llovía. Miraba la lluvia desde mi casa, situada en el centro del batey. Era un bohío de madera con  jardines de platanillos blancos, amarillos y rojos, enmarcado por cuatro ciruelos centenarios.

Agosto ardía en cada pliegue. Los pájaros dormitaban en las ramas superiores de la arboleda, que semejaba un cayo de selva desde el que, cuando uno se agachaba entre la tronconería, se alcanzaban a ver retazos grises como manchas de misterio.

Aquella tarde mi madre tuvo que acompañar a una tía enferma de todos los achaques. Se había empecinado en vomitar a cada hora para sacarse las herejías, y desde el portal escuchábamos sus arcadas como de toro durante la castración.

Así que vi los cielos abiertos y me calcé los vaquetetumbo que dejara mi padre como herencia. Me encasqueté el sombrero de paja y partí derecho a la arboleda, soslayando al pozo de brocal que despedía fogajes de mosquetes y brillos de sables desde la guerra.

A media carrera, encorvado para evitar la gajazón de los cafetos, fui atravesando el reino de mangos, caimitos, chirimoyas y majaguas, que una vez al año mutilaban para fabricar bates de baseball.

Más allá escaseaban los árboles y un campo de espartillos machos y aromales se extendió hasta los restos de un cañaveral abandonado durante siete zafras. El  cañerío, entizado con bejuquillos de todas las especies, evocaba un reino de arácnidos gigantes.

En medio de aquel semi descampado me erguí y vi la llanura, como una pared sigilosa que rodaba desde el cénit; o como una cabellera de humos que torcían a uno y otro lado. Desde allá, regando los penachos de las cañas y tumbando florecillas al bejuquerío, alternaban resoplidos de vientos que arremolinaban cada cosa suelta contra los troncos más cercanos de al arboleda, que ahora quedaba dormida a mis espaldas.

Después de varias caídas y arañazos contra las espinosas ramas del aromal, me quedé pasmado frente al muro de cañas que me sobrepasaba medio metro en estatura. Empuñé el machetín de mi abuelo y temblando como un sacrílego, corté bejucos y aparté tallos azucarados hasta que un calor insoportable y una humedad oscura me dejaron pasmado en un punto sin coordenadas.

Ahora, por unos cinco minutos, escuché mi propio jadeo. Fue cuando la calma se enseñoreó sobre aquel pozo palpitante y creí percibir la cascada de aguas y sentir su frescor subiéndome por las pantorrillas sangrantes de tanto filo de hojas secas y machetazos errados. Olvidando el arma, traté de apartar unas enredaderas que me cosquilleaban en la punta de la nariz y noté que se deshacían sin esfuerzo, despidiendo olores a jazmines.

Ya no pude contenerme y empujé la masa. Corrí como si lo hiciera en el terreno de pelota robando la segunda base. Instintivamente cerraba los ojos y transcurría por parámetros inimaginables, hasta que un planazo líquido me detuvo. Una mojazón en bloque, como al entrar a una pared de océano, me tragó.

Abrí los párpados ante un fondo de raíces inmensas, donde tenues hebras de luz fueron delatando jicoteas del tamaño de la batea donde Mima lavaba la ropa cada lunes. Más arriba circulaban manjuaríes por docenas, biajacas ciegas por la gordura, truchas que devoraban los cañaverales y huesos que subían y bajaban en danza de tiempos inmemoriales.

El aire me faltaba y me descalcé, me deshice de toda la impedimenta y braceé  hacia los cielos a punto de sentirme feliz. Volví a abrir los ojos y pude asirme a la cola de una vaca marina que se contoneaba mostrando unas tetas de recién parida que me despertaron el hambre. Me abracé a su pecho y segundos más tarde, cuando pude respirar en la superficie, antes de mirar otra cosa, mamé aquella leche arcaica, bituminosa, erotizante, hasta que ella se zafó de costado y quedé flotando sin esfuerzo alguno sobre unas aguas donde la lluvia depositaba su algarabía. Los pájaros caían empapados, aleteaban desesperadamente, hasta disolverse en unas nubecillas algodonosas que danzaban por doquiera y, a veces, enrumbaban al cielo, quizá para devolver las aves a sus nidos.

Instintivamente miré atrás, pero había perdido los puntos cardinales y todo era precipitación, volutas, chapoteo de garzas y patos y a veces resoplidos de vacas marinas goteando leches como azogues escombrosos.

Entonces se oyeron los truenos, oscureció absolutamente y una manga de viento, de las que derribaban todos los mangos maduros, me lanzó en un solo rumbo, despegándome de la superficie, proyectándome como una bala. Y me dormí con unos deseos irrefrenables, con un goce como jamás imaginé en aquellos sopores cuando mi madre extendía la hamaca entre dos ramas de ciruelo, para que la dejara tranquila durante un rato, mientras ayudaba a la tía con sus vómitos herejes. Allí me encontró al borde de la noche con ligeros temblores de fiebre, y cuando me sacudía aterrorizada, lo primero que atiné fue a rasgarle la blusa y chupar sus tetas flácidas, donde, aún así, la leche era inacabable.

 

Pastor Aguiar

 

 

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Respuestas a esta discusión

Como siempre, nos obsequias con un espléndido relato. Narras un suceso que ocurre en el batey y uno imagina y viaja a la manigua cubana. De pronto, un invisible hilo narrativo se traspasa y se entra a una suerte de realismo mágico, o así me lo pareció. Y luego, de vuelto a la realidad, con un final que sumerge al mismo lector en el sopor que alguna vez sufrió un niño, y el remanso del sueño, y la fantasía de una leche eterna emanada de unas "tetas flácidas".

Por cierto, y perdón por este grosero cambio a la trivialidad, hasta ahora comprendo la frase beisbolera de "con la majagua al hombro". Que yo sepa, acá en el campo mexicano no hay palos de majaguas. Claro que esto lo dice un sempiterno citadino.   

Gracias, amigo mío, por tu lectura y palabra que me alienta. El entorno era el de la finca donde crecí, y allí recreo la fantasía. Sí, creo que realismo mágico puede ser el término. La majagua era común por allá, y como madera dura y maleable, se usaba para hacer bates de baseball, hasta que inventaron el bate de aluminio y las majaguas descansaron. Era, o es, un árbol frondoso y de alta estatura, como un roble, por ejemplo. Un gran abrazo.

La descripción de la vegetación y el escenario natural me fascina y ese aire de la infancia que recreas en los cuentos es un desafío a la imaginación y un disfrute enorme. Coincido en que te sale estupendo el realismo mágico, toques diría, porque vas y vuelves y nos dejas al final de cara a la realidad para que aprendamos a volar contigo y a volver por más. Muchas gracias, mi querido Pastor, por el talento y por todo lo que entregas en cada obra. Un beso.

Gracias, mi querida Jeni. Tus palabras son leña encendida para alimentar mis intentos de contarme. Un beso grande.

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Segundo lugar “Cómo encender una llama - Alberto Pocasangre

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